Abordamos esta exposición, “Puerto de Gijón. Escala Turística”, con una mirada más amplia que la de algunas exposiciones anteriores. Tras finalizar, hace unos años, la exposición del Gijón Trasatlántico –en la que se analizaba el papel del Puerto de Gijón en el pasaje hacia las Américas– comprobamos que, abordar una narración más completa sobre el papel portuario en la economía diaria y urbana de la ciudad, exigía elevar la mirada con el objeto de disponer de una perspectiva más amplia.

Ahora, con “Puerto de Gijón. Escala Turística”, analizamos pormenorizadamente la identidad marina y la aportación portuaria al conocimiento nacional e internacional de la ciudad.

Desde un punto de vista turístico, la realeza y la burguesía gestaron, durante el siglo XIX, una realidad ligeramente cosmopolita de la ciudad, generando negocios propios en torno al pasaje. Fondas, hoteles y restaurantes fomentaron un primigenio sector hotelero y hostelero afrancesado, muy al gusto de la época.

En torno a los años dorados de la marina romántica, entre 1840 y 1880 –aunque también antes y hasta después de la Guerra Civil–, partían numerosas expediciones, vinculadas a las colonias, desde los muelles gijoneses. Aquellos enormes buques de vela despertaban expectación y asombro y exigían el conveniente pertrecho para abordar con éxito una travesía de 45 a 60 días.

Esta exposición recoge también el gusto por los baños de ola en el litoral gijonés. Las primeras referencias que existen en Gijón sobre la afluencia de forasteros que acudían a nuestras aguas, las tenemos en torno a 1850. Será, sobre todo la playa de Pando –con una magnífica orientación sur y cercana a Jove, zona residencial de la alta burguesía local– dónde se establecen las primeras casetas rodantes para servir al bañista durante su estancia en la playa. Allí acudirá la reina Isabel II, a pasar la temporada de baños, en el verano de 1858, en el marco del viaje oficial a Asturias y Galicia.

La playa de San Lorenzo quedaba para los paseos ya que, por su oleaje era considerada peligrosa. Ligada a esos andares, la calle de Corrida o el paseo de Begoña, que serán, desde entonces y hasta hoy, piezas fundamentales para el dejarse ver y también para el encuentro.